La disciplina hace la diferencia

Crédito: Collage de Malinalli GarcíaCollage de Malinalli García
Este trabajo hace parte del libro-objeto Saltos al vacío, del laboratorio creativo Peces fuera del agua. Compra tu ejemplar en la Librería Pérgamo de Ibagué o en www.pecesfueradelagua.com.
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No creo que sea normal para muchas personas que su mamá o su papá sea también su entrenador y que crezcan en esa delgada línea del amor en el hogar y la exigencia deportiva. 

En mi caso, mi mamá dice que yo aprendí primero a nadar y después a caminar. Ella era la entrenadora de nado sincronizado del departamento del Tolima, había crecido en las piscinas, y quería que sus hijas recorriéramos el mismo camino, así que siempre nos motivó a dedicarnos a un deporte. 

Cuando recuerdo mi infancia y mi adolescencia siempre me veo entrenando alrededor de la piscina. Escucho el sonido del agua, las risas de mis compañeras y la de mi mamá dándonos instrucciones, y me veo practicando la figura que debíamos aprender. 

Lo que para mí era una rutina normal para otros podría haber sido algo totalmente extraño; en nuestra casa nunca había comida de paquete, ni galguerías y jamás se tomaba gaseosa. Los ponqués, helados y dulces eran solo para fiestas de cumpleaños o celebraciones de algún tipo, y cuando los probábamos era un momento especial que mis dos hermanas y yo apreciábamos mucho. Era un sentimiento de merecimiento y recompensa por lo fuerte que habíamos entrenado. 

Para nosotras, era normal despertarnos a las cinco de la mañana a entrenar, después salir a estudiar al colegio y en la tarde volver a la piscina a seguir entrenando. Ver televisión nunca estuvo prohibido, pero después de un día tan agitado llegábamos a la casa a comer, hacer tareas y dormir. Para muchos, esto podría sonar a tortura, pero para nosotras era un estilo de vida chévere, uno que disfrutábamos, que forjó nuestro carácter y, lo más importante –aunque no lo sabíamos en ese momento–, uno que sentó los cimientos de las mujeres que somos ahora. 

@nataliagualanday

Mi mamá nunca fue condescendiente con ninguna de nosotras; en el equipo nunca tuvo preferencias por nosotras, nunca se le pasó por la cabeza pensar “como es mi hija, seré más suave”. Por el contrario, con mis hermanas y conmigo era aún más exigente y ese rigor también se replicaba en la casa. Mi mamá nos enseñó que la disciplina es lo que hace la diferencia.

El nado sincronizado es un deporte que tiene rutinas que puedes hacer sola (una nadadora realiza una rutina coreografiada en solitario), en dúos (dos nadadoras realizan una rutina sincronizada en conjunto) o en equipos (entre cuatro y ocho nadadoras realizan una rutina sincronizada). Además de saber nadar a la perfección, en el nado sincronizado se debe aprender a controlar la respiración para realizar figuras y movimientos bajo el agua. También se debe controlar la posición y postura del cuerpo en el agua, lo cual requiere coordinación, fuerza y concentración. 

La sincronización para que un equipo de cuatro u ocho mujeres logre realizar movimientos idénticos al mismo tiempo y con la misma precisión requiere un nivel alto de comunicación entre ellas, además de práctica, muchísima práctica. Y eso no es todo: este deporte, que es como bailar en el agua, tiene un ingrediente adicional que es la expresión artística, así que las nadadoras deben tener la capacidad de transmitir emociones, conectar con el público e ir al ritmo de la música. 

Durante mis primeros años, la piscina fue todo para mí. Cada nuevo movimiento o rutina representaba una oportunidad de crecimiento y superación personal. Retarme a hacer una figura, que en cada nivel aumentaba de dificultad, estimulaba también mi nivel de motivación para lograrlo. Aprendí que el éxito en el deporte, como en la vida, es el producto de nuestros hábitos cotidianos.

Cuando cumplí 15 años, me detectaron escoliosis, una deformidad de la columna vertebral caracterizada por una curvatura lateral anormal. En otras palabras, mi columna era un “S” y me dolía al hacer algunas figuras en el agua. Por eso tuve que dejar de entrenar y utilizar un corsé durante dos años, que solo me lo quitaba para bañarme, para que la desviación se detuviera. 

Aquella fue una experiencia difícil, porque al principio caminaba como un robot, el corsé limitaba mis movimientos y tenía que vestirme con ropa grande para que no se notara. Además, fue frustrante dejar de entrenar. Sin embargo, con el tiempo logré superar la vergüenza que en algunas ocasiones me daba usar el corsé y verlo incluso como algo positivo y temporal. Era soportar eso o pasar por una operación muy delicada, que implicaba tener dos varillas en mi columna y tornillos en mis vértebras. 

Aunque dejé el nado sincronizado, lo que aprendí en mis años de entrenamiento nunca me ha abandonado. La mujer que soy ahora —madre, novia, políglota, profesional con maestría y doctorado, quien fue reconocida hace unos años como una de las treinta mujeres jóvenes más influyentes en la política colombiana— ha sido gracias a todo lo que aprendí en la piscina. 

Mis años de entrenamiento me enseñaron a trabajar con un propósito, a apasionarme por cada cosa que hago, a saber invertir mi tiempo y energía, a comprender la importancia del trabajo colectivo, del compañerismo, la confianza y la sororidad, a reconocer que los resultados no se dan de forma inmediata, sino que son la suma de muchas acciones y decisiones diarias. En síntesis, durante esos años aprendí que más importante que la intensidad es la constancia, que no basta con soñar, sino que debemos trabajar por hacer realidad nuestros sueños, que el ambiente donde crecemos moldea nuestro comportamiento y que la disciplina es una llama que transforma el potencial en logros tangibles. Ahí está la clave para pasar de hacer cosas ordinarias a lograr lo extraordinario. 

 

*Greis Cifuentes. Ibagué, Colombia. Profesional en gobierno y relaciones internacionales, magíster en cooperación internacional y desarrollo, y doctora en políticas públicas con énfasis en el sector cultural. Experta en asuntos culturales, sociales y educativos. Ha sido reconocida por su trabajo para el fortalecimiento del sector cultural en Colombia y como una de las treinta mujeres jóvenes más influyentes en la política colombiana. Es mamá y políglota. La natación hace parte de su vida y en algún momento soñó con ser campeona mundial de nado sincronizado. IG: @greis.cifuentes.

**Malinalli García. CDMX, México. Periodista, productora de audio y guía intercultural. Ha sido reportera en periódicos y revistas en México, y fotógrafa freelance en Getty Images. En 2020 descubrió los mapas sonoros. Le interesa leer y escribir ficción, así como las series de televisión, las películas dramáticas y los collages. Navega páginas web para escuchar cómo suena el mundo y grabar paisajes sonoros. En 2017 fue finalista en Foto Merce y en 2021 fue parte de una antología de cuentos de escritoras mexicanas. IG: @malinche23.

Credito
Greis Cifuentes

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